sábado, 9 de noviembre de 2013

Diálogos sobre la religión natural. David Hume

Los desórdenes de la mente, continuó DEMEA, aunque más secretos, no son quizá menos sombríos y vejatorios. Remordimientos, vergüenza, angustia, cólera, frustración, ansiedad, miedo, abatimiento, desesperación..., ¿quién ha pasado por la vida sin sufrir jamás las crueles incursiones de estos verdugos? ¿Cuántos son los que apenas han logrado experimentar jamás una sensación placentera? Trabajo, pobreza, tan aborrecidos por todo el mundo, son el legado seguro de la gran mayoría; y las privilegiadas personas que gozan de bienestar y opulencia nunca alcanzan satisfacción o verdadera felicidad. Todos los bienes de la vida unidos no harían a un hombre feliz, pero todos los males unidos harían de él un desgraciado con toda seguridad; y uno cualquiera de ellos (¿y quién puede verse libre de todos?), es más, la ausencia de uno solo de los bienes (¿y quién los posee todos?), es a menudo suficiente para hacer la vida indeseable.

Si un extraterrestre cayera de repente en este mundo, yo le mostraría, como especímenes de sus males, un hospital repleto de enfermedades, una prisión rebosante de malhechores y deudores, un campo de batalla cubierto de cadáveres, una flota hundiéndose en el océano, una nación que agoniza por la tiranía, el hambre o la peste. Para mostrarle el lado alegre de la vida y darle una noción de sus placeres, ¿adónde lo conduciría? ¿A un baile, a una ópera, a la corte? Podría pensar con razón que solo le estaba mostrando una variedad de la miseria y el dolor.

No hay forma de eludir muestras tan impresionantes, dijo FILÓN, salvo por recurso a la apología, que no hace más que agravar los cargos. ¿Por qué, pregunto yo, se han quejado todos los hombres en todos los tiempos de las miserias de la vida?...No tienen razón de peso, dice uno: esas quejas provienen sólo de su descontentadiza, plañidera y medrosa disposición... Mas ¿puede encontrarse tal vez, replico yo, un fundamento más sólido de la miseria que el mero hecho de un temperamento tan lamentable?
Pero si los hombres fueran realmente tan desgraciados como pretenden, dice mi antagonista, ¿por qué continúan viviendo?...

No por satisfacción de la vida, sino por miedo a la muerte; ésta es la secreta cadena, le digo, que nos mantiene atados. Estamos aterrorizados, no seducidos por la continuación de nuestra existencia.

Se trata sólo, puede insistir él, de una falsa sensibilidad, que unos cuantos espíritus refinados alientan, y que ha difundido esas lamentaciones entre toda la especie humana... ¿Y en qué consiste esa sensibilidad, preguntaría yo, que tú condenas? ¿Acaso no es sino una mayor sensibilidad respecto a todos los placeres y dolores de la vida? Y si el hombre de temperamento delicado y refinado, por ser mucho más sensible que el resto del mundo es solo mucho más desgraciado, ¿qué juicio debemos formarnos en general de la vida humana?

Permanezcan los hombres tranquilos, dice nuestro adversario, y serán felices. Ellos son los artífices voluntarios de su propia miseria... ¡No!, replico yo: una ansiosa languidez sigue a su reposo; frustración, vejación y angustia, a su actividad y ambición.


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