Los desórdenes de la mente, continuó
DEMEA, aunque más secretos, no son quizá menos sombríos y vejatorios.
Remordimientos, vergüenza, angustia, cólera, frustración, ansiedad, miedo,
abatimiento, desesperación..., ¿quién ha pasado por la vida sin sufrir jamás
las crueles incursiones de estos verdugos? ¿Cuántos son los que apenas han
logrado experimentar jamás una sensación placentera? Trabajo, pobreza, tan
aborrecidos por todo el mundo, son el legado seguro de la gran mayoría; y las
privilegiadas personas que gozan de bienestar y opulencia nunca alcanzan
satisfacción o verdadera felicidad. Todos los bienes de la vida unidos no
harían a un hombre feliz, pero todos los males unidos harían de él un
desgraciado con toda seguridad; y uno cualquiera de ellos (¿y quién puede verse
libre de todos?), es más, la ausencia de uno solo de los bienes (¿y quién los
posee todos?), es a menudo suficiente para hacer la vida indeseable.
Si un extraterrestre cayera de repente en
este mundo, yo le mostraría, como especímenes de sus males, un hospital repleto
de enfermedades, una prisión rebosante de malhechores y deudores, un campo de
batalla cubierto de cadáveres, una flota hundiéndose en el océano, una nación
que agoniza por la tiranía, el hambre o la peste. Para mostrarle el lado alegre
de la vida y darle una noción de sus placeres, ¿adónde lo conduciría? ¿A un
baile, a una ópera, a la corte? Podría pensar con razón que solo le estaba
mostrando una variedad de la miseria y el dolor.
No hay forma de eludir muestras tan
impresionantes, dijo FILÓN, salvo por recurso a la apología, que no hace más
que agravar los cargos. ¿Por qué, pregunto yo, se han quejado todos los hombres
en todos los tiempos de las miserias de la vida?...No tienen razón de peso,
dice uno: esas quejas provienen sólo de su descontentadiza, plañidera y medrosa
disposición... Mas ¿puede encontrarse tal vez, replico yo, un fundamento más sólido
de la miseria que el mero hecho de un temperamento tan lamentable?
Pero si los hombres fueran realmente tan
desgraciados como pretenden, dice mi antagonista, ¿por qué continúan
viviendo?...
No por satisfacción de la vida, sino por
miedo a la muerte; ésta es la secreta cadena, le digo, que nos mantiene atados.
Estamos aterrorizados, no seducidos por la continuación de nuestra existencia.
Se trata sólo, puede insistir él, de una
falsa sensibilidad, que unos cuantos espíritus refinados alientan, y que ha
difundido esas lamentaciones entre toda la especie humana... ¿Y en qué consiste
esa sensibilidad, preguntaría yo, que tú condenas? ¿Acaso no es sino una mayor
sensibilidad respecto a todos los placeres y dolores de la vida? Y si el hombre
de temperamento delicado y refinado, por ser mucho más sensible que el resto
del mundo es solo mucho más desgraciado, ¿qué juicio debemos formarnos en
general de la vida humana?
Permanezcan los hombres tranquilos, dice
nuestro adversario, y serán felices. Ellos son los artífices voluntarios de su
propia miseria... ¡No!, replico yo: una ansiosa languidez sigue a su reposo;
frustración, vejación y angustia, a su actividad y ambición.

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