¡Ah!, filosofía, jurisprudencia, medicina y, por mi mal, hasta teología, todo con incansable afán lo he investigado y profundizado. ¿De qué me ha servido tales esfuerzos? Heme aquí, pobre loco, tan adelantado como el primer día. Bien es verdad que de unos años acá vienen llamandome maestro, doctor, y que a mi antojo arrastro discípulos por donde quiero, arriba y abajo, a derecha e izquierda; pero tambien lo es que toda ciencia es sólo humo y vanidad. El desaliento ha secado mi corazón, a pesar de que conozco que la mayor parte de los sabios, de los doctores, maestros, clérigos y religiosos, saben menos que yo; la duda y el crepúsculo no conturban mi ánimo. No temo al infierno, ni al diablo; pero he pagado esa superioridad con el sacrificio de todos los placeres de la vida. Si estoy convencido de la vanidad de todo cuanto sé, ¿qué podria enseñar a los demás que les hiciese más felices o mejores? Carezco de riquezas, dinero, honores y distinciones en el mundo. Ni un perro quisiera la vida bajo tales condiciones; por esto me veo precisado a dedicarme a la magia. Veremos si por la fuerza del espíritu y de la palabra consigo apoderarme de alguna verdad de la ciencia. No quiero, después de sudar sangre y agua, repetir ninguna de las necedades que no entiendo; quiero conocer el univeso y el misterio de su existencia, descubrir su fuerza motriz y el origen de las cosas, sin pagarme por más tiempo de palabras huecas.